El Real Zaragoza no tendrá que indemnizar a una aficionada que recibió un balonazo en un ojo

En mayo de 2013, el Real Zaragoza se enfrentaba al Athletic de Bilbao en La Romareda en un encuentro que quizá no haya pasado a la historia en el terreno deportivo, pero que el Tribunal Supremo, con su reciente Sentencia del pasado 7 de marzo, ha desenterrado del olvido. Fue en los momentos previos al pitido de inicio, durante el calentamiento: uno de los jugadores, que trataba de afinar su puntería para el encuentro, disparó con fuerza hacia la portería frente a la Grada Sur. El balón se negó a entrar en ella y la rebasó a toda velocidad, con la mala fortuna de que su trayectoria terminó en la cara de una de las aficionadas, sentada tras la portería, que sufrió graves lesiones en un ojo.

La mujer demandó al club y solicitó una indemnización de 30.891,18 euros para resarcir el daño causado. El problema que se encontró es que, según la Audiencia Provincial de Zaragoza, asistir es asumir: cuando se acude a ver un partido de fútbol de un campeonato oficial, uno tiene que aceptar que, ya sea por lances del juego o por la mala puntería de los jugadores, los balones pueden salir despedidos hacia las gradas y golpear a los espectadores. «Quien acude a estos espectáculos conoce y asume ese riesgo, debe prevenirse frente al mismo y no puede parapetarse en la exigencia de colocación de redes protectoras, pues tal medida, […] choca con el interés generalizado de los espectadores de presenciar el espectáculo sin un obstáculo, como es una red, que impide u obstaculiza el visionado del partido».

La Sentencia de la Audiencia fue recurrida ante el Tribunal Supremo, que ha confirmado el criterio de las primeras instancias con el argumento de que no existe una relación de causa y efecto entre el balonazo y el daño causado. Desde el mismo instante en que entró en La Romareda, la aficionada estaba asumiendo que un balón pudiera «proyectarse con mayor o menor potencia hacia la grada que ocupa reglamentariamente detrás de la portería». En el plano jurídico, la imputación de la responsabilidad exige a los juzgadores ir un paso más allá de la causalidad física —que solo implica que un daño sea consecuencia de una acción—, y les obliga a valorar, a través de los criterios que provee el ordenamiento jurídico, la conducta del agente que causa el daño, el ámbito de protección de la norma infringida, el incremento del riesgo, el consentimiento de la víctima y su asunción del propio riesgo.

Por ello, aunque es innegable que las lesiones en el ojo de la aficionada tienen su origen en el balonazo, la causalidad no existe a nivel jurídico, pues el riesgo al que se exponía no era «inesperado o inusual». Una asunción de riesgo que ya había nacido «durante el calentamiento previo de los futbolistas donde es más frecuente los lanzamientos de balones a la grada, y se traslada al ámbito de responsabilidad de la víctima, que controla y asume esta fuente potencial de peligro, con lo que el curso causal se establece entre este riesgo voluntariamente asumido y el daño producido por el balón, con la consiguiente obligación de soportar las consecuencias derivadas del mismo».



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